Una historia imprevista

Bajó del vagón de metro y enseguida se encaminó a las escaleras que le llevarían a respirar un aire menos enrarecido que el del pasillo subterráneo que aligeraba para salir. La luz y el aire renovado le despejaron enseguida la imaginación. Debía escribir un artículo en el blog corporativo de la empresa. Ya lo tenía planificado y organizado: nube de palabras, keywords, estructura del artículo e incluso las impactantes imágenes que acompañaban el texto. Pero el destino, a veces, es travieso y deja entrever caminos paralelos a nuestras intenciones.
El recorrido de tierra entre la arboleda del parque le resultaba un paseo relajante antes de subir al décimo piso del bloque de oficinas y sentarse delante del ordenador a redactar el artículo. Pero todo cobró en su mente una nueva dimensión cuando visualizó la escena del banco. Un abuelo le contaba a un niño, entre 6 u 8 años, su nieto probablemente, alguna historia o relato tan interesante que el chiquillo estaba embelesado.
Cerró los ojos por unos instantes y trasladó su mente, algunos años atrás, situándose en la plaza del pueblo con su abuelo paterno. A la sombra de una morera y acomodados en un banco de hierro forjado su abuelo le relataba historias de la familia y sucesos de todo tipo que ocurrieron en el lugar. Ese vínculo emocional forjado en la niñez es el que debía utilizar en su nuevo artículo para conectar con la audiencia, ¡con las personas!, más allá del discurso analítico y corporativo, en el blog empresarial. Sabía que su capacidad de comunicación era una de las competencias que él mejor manejaba y que le había llevado al puesto que ocupaba en la organización. Podía redactar de una forma clara, a través de una historia y de su experiencia —lo que ahora llaman storytelling, el nuevo producto que la compañía quería lanzar al mercado, adaptando el relato a las necesidades de los lectores, despertando en ellos ese «vínculo emocional» que estimulaba la curiosidad y posteriormente el deseo y la necesidad que nos une a los seres racionales.
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Parecía que toda la estrategia que había urdido para la redacción del artículo se venía abajo, pero su capacidad analítica enseguida reordenó sus apuntes, sus notas y sus frases creativas: tendría que rehacer el storytelling como un «back to basics«, que llamaba la nomenclatura anglosajona.
Se plantó delante del edificio de oficinas e hizo una inspiración larga y profunda  que exhaló al tiempo que atravesaba la puerta rotatoria. Recordó que el conserje no estaría, pues avisó a los inquilinos del edificio que tomaría un par de días de asuntos propios, así que se dirigió al casillero de la empresa y recogió los diarios y el correo del día.
Ya en la oficina y con su libro de notas delante organizó y estructuró el artículo. Pero las preguntas le rondaban en la cabeza hacía ya más de una hora: «¿cómo fluye una historia?», es decir, «¿dónde viven las historias?». Viven en las emociones, en la empatía y simpatía con el receptor. Debía crear una historia con pasión, coherente, creíble, relevante, que entretuviera más que informara, donde el lector fuera el héroe en esa historia y de esta manera avivar ese «vínculo emocional».
Mucho rato después, rebuscando en las autopistas de internet, encontró un vídeo muy curioso: la historia de Johnnie Walker. Ella tenía las claves necesarias de un relato.
Aquí te dejo, lector, el vídeo testimonial, tal lo encontró nuestro protagonista, que forma parte de otro concepto el storydoing (que así lo nombra la nomenclatura anglosajona), y que seguro manejará nuestro contador de historias en otro capítulo.

La pantalla de sobremesa conectada al ordenador era de 28 pulgadas. Esta vez cerró los ojos suavemente y su pensamiento se retrotrajo a los tiempos de su infancia, exactamente a las puertas de un castillo en ruinas, con su abuelo cogido de la mano… los dedos comenzaron a hundirse sutilmente en el teclado…

La imperceptible brisa marina acarició su rostro y Mnesíloco despertó con los primeros rayos del alba. «¡Qué extraño sueño!» pensó. Se vio a sí mismo, de niño, con su abuelo, en otro punto del tiempo, quizás en otra época. No reconocía esos altos edificios, casi sin ventanas, ni los artefactos que se deslizaban con raras ruedas y transportaban a personas y cosas… Quizás fuera una visión, una visión en la que él o sus futuros descendientes fueran los protagonistas… Más de treinta días permanecía solitario en el istmo, hablando solo consigo mismo. Mientras andaba hacia el mar analizando su situación la clámide resbaló por su cuerpo…

#CulturaClásica  #Historias #Mnesíloco #Storyteller 

2 comentarios sobre “Una historia imprevista

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